El efecto Rohmer
Cómo la representación del amor en el cine de Éric Rohmer sigue teniendo vigencia.
A veces me pregunto por qué películas que tienen treinta, cuarenta o sesenta años son capaces de explicar el amor y el filtreo mejor que las actuales. Supongo que esta incomprensión (o ceguera) por parte del audiovisual es otro síntoma de recesión. No quiero citar a Bauman ni ponerme pesada con la modernidad líquida, los vínculos y demás términos que encontramos hasta en la sopa sencillamente porque no me apetece. Solo diré, eso sí, que para este boletín, como para tantos otros, releo Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes y me baso sin complejos en mi estricta experiencia.
La primera película que vi de Eric Rohmer fue Cuento de verano de 1996, año en el que nací. (Sí, en unos meses alcanzaré la treintena y terminaré de ser perfecta). Esta película sigue a un chico –seguimos obsesionadas tratando de entender– que veranea en un pueblo costero de Francia y que, en medio de un enamoramiento, le rondan otros amores.
Si pienso en mi vida como una tragedia aristotélica y en mí misma como un personaje inmerso en ella, sin duda, mi error trágico sería haberme animado a ver la filmografía de Rohmer, en especial Cuento de verano, porque la atracción hacia chicos tímidamente autistas, emocionalmente problemáticos y altamente impopulares si los presentaras en una cena familiar, me ha llevado hacia una suerte de fatalidad. Seguro que si os sugiero que penséis en Nino, de la saga Dos amigas de Elena Ferrante, me entenderéis a la perfección. Mi mierda. Nuestra mierda.


Con fotografía de Néstor Almendros y un argumento en apariencia simple, siento que Rohmer juega en cada plano con el espectador. Pese a ser un cineasta que detesta dirigir la mirada, nos sitúa en un sueño febril. Le divierte engañarnos porque, visto en retrospectiva y siendo algo ignorante (incluso arrogante), es sorprendente que ese cine, con esa clase de relaciones anárquicas, fuera ya posible. Al final, representar es posibilitar, que viene a ser lo mismo que cumplir un sueño. Rodar esas películas ahora sería un escándalo; vendrían a ser tildadas peyorativamente como “modernas”. Pelis de modernas madrileñas, pelis de modernas catalanas, pelis de modernas con pasta.
Yo no quiero casarme, mis amigas saben que detesto las bodas y hace tiempo que dejé de entender las relaciones a la manera tradicional. Creo que es la razón por la que añoro la libertad que concede Rohmer a sus personajes. ¿Qué no es ahora apología del conservadurismo? Todo es juicio. Todo es culpa. Todo es comedimiento. A las comedias románticas les faltan no tanto calidad sino cantidad de personajes porque es válido no comprenderse, explorar otros caminos y, sobre todo, que te guste todo Cristo. Faltaría más. Parece que solo existe un dardo. Una diana. Una oportunidad de mirada. “Un atisbo de”. Menudo aburrimiento. Y eso que es verano y que, en teoría, todo pasa en verano. Podríamos volvernos locos igualmente en invierno. Podríamos enviar un mensaje a las cuatro de la mañana reclamando un beso extraviado. Podríamos hacerlo y sin embargo, elegimos resguardarnos, quedarnos quietecitas.
Quizá El rayo verde (1985) sea, irónicamente, la película menos interesante en este tema. Tiene cierta ironía el asunto ya que el punto de vista es el de una mujer. Esa neurosis suya y su necesidad loca de entenderse a sí misma para poder al fin amar y ser amada deberían apelarnos más. Pero yo ahora estoy en otras. Veo ese conflicto como algo individual. A mí lo que me interesa es lo que me pasa en relación con el otro. Explorar de qué manera esa “figura” de la que habla Barthes se va conformando. Yo a mí no me soporto, suficiente tengo con escuchar mi monólogo interior todo el día.
La Coleccionista es la cuarta entrega de los Cuentos Morales y estos, a su vez, son una serie de títulos dirigidos entre 1963 y 1972 caracterizados, entre otras cosas, por la existencia de un narrador en forma de voz en off cuyas ideas se contraponen con las imágenes que el cineasta nos presenta. El inicio es toda una declaración de intenciones:




Se presenta el cuerpo fragmentado de una mujer, Haydée, que actuará como una especie de némesis del protagonista. Es como si, en una peli comercial, desde el principio nos dejaran claro quién será la femme fatale, la antagonista, la obsesión del personaje principal. Este se debatirá toda la historia entre la serenidad y la pasión, entre la calma y la seducción. Ay, el coqueteo. Siempre el coqueteo.
La diferencia entre el tratamiento que se le suele dar a la mujer en el cine clásico respecto al moderno, en concreto al de Rohmer, reside en la agencia. Haydée es libre y sus impulsos son casi arbitrarios. ¿Se nos está permitido escribir personajes así en esta nuestra ficción? Leí en alguna parte que el cine de Rohmer es una mezcla de complejidad intelectual y de joie de vivre. ¿Y acaso no es lo que todas añoramos? Yo dejé el Duolingo hace unos meses porque soy inconstante e impaciente, pero llevo con la idea de sacarme el B2 de francés mucho tiempo.
Si te apasiona la escritura de Nora Ephron, te tiene que gustar El amigo de mi amiga (1987) porque para mí es la culminación de la comedia romántica chill y nonchalant, cuando todavía no se estilaba eso del actuar “effortless”. Sí, sé que los personajes actúan de manera desvergonzada, pero dejad que os cuente mi punto.
La trama sigue a cuatro jóvenes en sus enredos amorosos. Son personajes despreocupados por parecer idiotas, con cero autoconsciencia de sí mismos. Tienen el morro de llorar la ausencia del amado delante del “otro”. Cero pudor. Son desdichados en base a sus razones, pero fieles a las emociones del momento. El amigo de mi amiga habla sobre el amor liviano (que no líquido) y la ausencia de remordimiento. Los personajes no le tienen miedo a la soledad, sino al rechazo. Y eso es lo que cambia con respecto al paradigma actual: ahora estamos cagados en todos los aspectos.
Rohmer me cae bien en parte porque es de esos cineastas que no necesita experimentar una gran vida para contarla. A mí me pasa algo parecido. No me gusta viajar y de hecho pasar el verano en Madrid me parece el mejor de los planes. Justo termino de escribir esta newsletter en un tren de vuelta de mi pueblo. También he acabado La chica más lista que conozco, la maravillosa novela de Sara Barquinero. El arco de la protagonista pasa por renegar de su condición de provinciana, deshacerse de la complacencia y abrazar la incertidumbre con dignidad. Al final, rememora esos momentos en los que ha sido feliz porque hasta entonces no había sido consciente. Por eso me es inevitable realizar un paralelismo entre el personaje de Alicia y lo que he sentido viendo de nuevo algunas de las películas de Rohmer. En su momento no las aprecié como merecían. Serán los casi treinta, pero lo cierto es que comprobar su vigencia ha sido un ejercicio refrescante para este verano.
El año pasado, por ejemplo, leí a Miranda July y me aburrí como una ostra.
Hay ciertos temas que en un sistema como el nuestro, nunca dejarán de ser burgueses per se. Y no pasa nada. Supongo que cuando no sabes cómo llegar a fin de mes o cuando no puedes permitirte una vivienda en propiedad, no te da por hablar de deseo.
Pero reconozco que echo de menos el juego. Si me jacto de reivindicar la diversión en todas partes, ¿por qué no lo aplico también al terreno del amor? Volver ahora a las historias de Rohmer implica cambiar las reglas del tablero, disfrutar de lo inmoral, olvidarse de la balanza. Porque quizá no tengamos todos los recursos que el deseo requiere, pero sí agencia para gobernar nuestra parcela de autonomía.
Me he cansado y, consciente de que podrá traerme la mayor de las desgracias, he optado por dejarme atravesar por el efecto Rohmer: no verlas venir, entregarme al azar, permitir la entrada a los escarceos y convertirme en ese destino fatal. Así lo haré. Al menos, hasta que llegue septiembre.
G.








Increíble, Gema. He decidido que esta tarde voy a empezar con el cine de Éric Rohmer gracias a este artículo!!
joder llevo rayadisima con esto un montón, q gusto poder leerlo, un besito gema❤️