Tetas caídas
Sobre IA y el cuerpo de las mujeres.
Tengo las tetas caídas y siempre las he tenido así. Algunas amigas tienen una talla similar a la mía y da la impresión de que se las acaban de operar. Es como si les naciera desde más arriba o la fuerza gravitacional no les afectase. Una de ellas me comentaba el otro día que su mayor miedo es que se le caiga el pecho. Yo pensé entonces en el mío y en lo caído que lo tengo. Me pregunté si debía ofenderme o no.
En esto –no de reconciliarme con mi cuerpo sino– de reconocerme en el espejo, estoy consiguiendo grandes avances. Me desnudo, miro mis tetas caídas y pienso en los realmente bonitas que me parecen. En serio, son bellísimas. Me resulta un alivio asumir que la noción de mi cuerpo no se ha distorsionado ni ha sido demasiado influenciado por cánones imposibles. Si un día odié mi pecho, cuando era adolescente e incluso universitaria, fue porque me cosificaron por ello, porque quisieron aplicarme una especie de metonimia: la parte por el todo. Y por más que me encante cantar “I got life” de Nina Simone, las mujeres no somos solo un cuerpo. Retomo lo que decía para desvelaros el final feliz: si un día odié mi pecho, hoy me siento agradecida por él porque a una IA jamás se le ocurriría dibujar mis tetas. Matizo, un hombre que usa la IA jamás la entrenará para que aparezcan tetas como las mías. ¿Acaso no es un triunfo ese? Pues resulta que no, porque cuando el triunfo es individual, dejadme afirmar que no hay triunfo que valga.
Hace unos días se hizo viral un tuit que mostraba la diferencia entre una “IA” actual y una futura. Curiosamente, siempre son mujeres las que aparecen. La mayoría de los comentarios hacían alusión a la imposibilidad de discernir la realidad de la ficción y proclamaban la muerte de la imagen y del propósito de la fotografía tal y como la conocemos. A futuro, cuestionaremos la veracidad del a priori testimonio porque se desvirtuará –ya se está haciendo– la captación de uno de nuestros sentidos: la mirada. Solo quedará la palabra de quien esté detrás de la cámara como método probatorio, salvo que se cree otra herramienta que salvaguarde cierta objetividad. Y esto es tristísimo, tanto o más que quedarnos ciegos. Entramos en el terreno de la moral (¿¡existe aún!?), pero también de lo tangible, de lo empírico, de lo legal y, por supuesto, de la belleza.
Comparemos las dos fotos.
Una es más realista que la otra, evidentemente, pero sigue apostando por una estructura simétrica en las facciones: labios gruesos, rinoplastia, piel perfecta. Nos muestran además una expresión plácida en un ambiente cálido. Lleva un anillo de casada y una camiseta blanca. Qué angelical. Me gustaría verla enfadada de verdad. Desquiciada como la protagonista de “El papel pintado amarillo”, rota por dentro tras un desamor o hastiada y a punto de perder el trabajo como Marion Cotillard en “Dos días, una noche” de los Dardenne.
A esto del asesinato de la veracidad de la fotografía o a la supremacía tiránica de la imagen digital, hay que sumarle otra tendencia impuesta por nuestro amado sistema. Por lo visto, ya no está de moda lo “tradwife”. Al parecer el capitalismo, con los patrones que le hemos aportado a través de nuestras compras de Black Friday y nuestra horita feliz en TikTok antes de dormir, ha intuido que nos hemos cansado del contenido de Ballerina Farm y su séquito de mujeres mormonas hipócritas. Ahora, la elegancia, el old-money, lo aspiracional enfoca a la discreción. Lo cool es no subir nada en medio de tanta sobreexposición y de tanta imagen generativa. La intimidad. Hay que preservar la intimidad, dicen. Pues os podéis comer todos una gran mierda. Mirad, podría comprar el argumento como resistencia ante el entrenamiento de ese gigante agujero negro que es la IA: si no le damos de comer al animal, un día morirá. Pero ni podemos encerrarnos en una cueva ni sería justo obviar la democratización que consiguieron Internet, las redes sociales y demás espacios; sus partes buenas. ¿Qué hay del diálogo que se crea constantemente? ¿Están insinuando que hablamos demasiado? ¿Nos quieren calladas de nuevo? Quiero romper una lanza en favor de la autoexposición porque somos la gente real, no las cuentas verificadas, las que debemos luchar por el espacio que nos corresponde. No permitamos la colonización de la mentira, de la ficción. Peleemos por nuestras imágenes y nuestras historias porque, incluso cuando sean pura apariencia, cuando las Pombo nos enseñen los muebles nuevos de su casa de veraneo o los hombres perfomativos nos hagan creer que se levantan a las 6 de la mañana para leer a Natalia Ginzburg, estas acciones seguirán gozando de más valor por estar concebidas en torno a las emociones humanas: llámale aprobación, llámale envidia, llámale odio de clase, llámale admiración… ponle la etiqueta que desees. Porque podemos ser mentirosas, pero hay algo genuino en mi acto de mentir que jamás será logrado por una IA.
Y no solo la mentira. Pienso en mis tetas caídas como pienso en mis labios finos o en mi diente apiñado. Pienso en la coma del vocativo y en la que se coloca con inocencia tras el sujeto. Pienso en acentuar “dio” y “rio”. Pienso en la virtud del error y en la belleza de lo imperfecto. En este sentido, como ocurre con la economía, ser erráticos se convierte en una obligación de clase: debemos comportarnos de manera irracional en vida. Ese es el factor sorpresa, lo que la IA y el sistema turbocapitalista jamás podrán alcanzar. Volverse un poco loca en tus reacciones, obsesionarte dos semanas con un grupo y que te deje de gustar de un día para otro, darte el lote en la discoteca en contra de la sofisticación, dejar de pagarle a tu casero y, sobre todo, tirar ese push-up a la puta basura.
G.
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Gema, molas mazo!
El otro día fui x primera vez a una clínica estética, el médico insistió un montón en que tenía que hacerme una rinoplastia… me dio pena porque pensè de él como una persona incapaz de ver la particularidad, la no homologación, etc etc. se lo expliqué varias veces que no me iba a cambiar de nariz y menos con mi edad, que era parte integrante de mi esencia…
En fin. Que justo por lo que dices creo que nos estamos sensibilizando más hacia ensalzar lo que algunos podían percibir como defectos/imperfecciones justo porque como bien dices, son las que nos hacen estupendamente HUMANAS.
Vivan las tetas caídas y la nariz grande💫💫